En los primeros días de enero parece que se agotó la tila en el mercado, muchos de nuestros conductores se desayunaban con ella para enfrentarse a lo que se les venía encima. La verdad es que se merecen un monumento a la paciencia. Alguno perdió los nervios, sólo alguno, pero somos humanos. Nadie sabe el aguante que hay que tener para enfrentarse a las dudas de los viajeros sobre los cambios, a la parsimonia de quienes cuentan el dinero cuando ya están en la guagua, a quienes querían el más difícil todavía como pagar con pesetas y euros todo mezclado, o al hecho de coleccionar billetes de 2.000 pesetas. Y todo eso sabiendo que se está retrasando el servicio, que las guaguas están deteniéndose demasiado tiempo en las paradas. En honor a la verdad también los viajeros han sido pacientes, ha sido como un entendimiento mutuo de que todos estábamos metidos en el mismo día a día del desconcierto, el estreno, el aprendizaje de cómo manejar tanta moneda.
A pesar de que teníamos desde el día 1 un montón de cambio en euros, la gran avalancha de los primeros días nos complicó la vida. Y es que los viajeros son muy listos, sabiendo que en las guaguas había cambio pagaban el viaje en pesetas (sabemos que muchos tenían bonos, picarones), y con el billete más grande permitido. Resultado, coleccionamos billetes de 2.000 pesetas. Pero el otro resultado es que tuvimos que lanzarnos a la "caza y captura" de céntimos porque se nos agotaron. En definitiva, que los viajeros nos utilizaron como cajeros, como si fuéramos un banco, pero con menos colas.
Esta historia de enero también tiene su lado simpático. A los conductores les han pasado todo tipo de anécdotas. Los primeros días del mes, que fueron los peores, algunos conductores se quedaron sin monedas pequeñas de euro para dar el cambio y hubo que recurrir a las pesetas. De cómo funcionamos sobre el valor del dinero cuando no estamos seguros de lo que vale es buen ejemplo lo ocurrido en las guaguas, cuando el conductor devolvía el céntimo de euro el pasajero lo cogía siempre, pero cuando la vuelta eran dos pesetillas el viajero decía que se las quedara, que eso no valía nada. Como dijo uno de los guagüeros "es la primera vez en la historia de Guaguas que nos dejan propina".
Sobre todo en personas mayores, a los que lógicamente les cuesta más aprender esto del euro, la fórmula más frecuente ha sido la de mano extendida. Un puñado de monedas en la palma de la mano y un "cóbrese usted mismo". Es lo mismo que hemos tenido que hacer muchos al viajar por países exóticos, no te aclaras con las monedas, todas te parecen iguales, y prefieres extender la mano antes de meter la pata. Un viejillo tenía muy clara la diferencia entre el pasado y el presente cuando le preguntó al conductor "¿cómo me vas a devolver mi niño, en euros o en dinero?". Y otro de nuestros guagüeros ya cree en el ángel de la guarda, cuando más desesperado estaba porque se le había acabado el cambio en euros y ya no le quedaban pesetillas llegó una señora mayor disculpándose, "usted perdone es que me sobraban y no quería tirarlas", traía las 133 pesetas del billete en calderilla, para asombro de la señora el guagüero casi le da un abrazo.
Bueno, entre manos extendidas, algún retraso y algún nervio suelto, pesetillas de propina y buena voluntad, hemos pasado lo peor. Este primer mes era la piedra de toque. Una vez que nos hemos hecho amigos de billetes y monedas, no muy amigos todavía, ahora queda el otro paso difícil pero necesario, hay que pensar en euros.