Cuando José dice que ha pasado en esta empresa "toda la vida" dice la verdad. Su padre fue vigilante cuando la sede estaba en Aguadulce y para él las guaguas fueron como juguetes gigantes desde que era un crío. Con poquitos años, cuando otros niños soñaban con cochitos y trenecitos, José ayudaba a su padre a lavar las grandes guaguas, "entonces se lavaban a mano, con trapo y cubo". Con estos antecedentes José tenía que ser guagüero, "no hubiera sido otra cosa porque sólo conocía esto, y a mi hijo también le gusta así que también será trabajador de la empresa". El tercero de la saga de los Igeño aprobó el exámen para conductor y está en lista, a la espera de vacantes para ser contratado.
Y una de esas vacantes la deja su padre, José Igeño, porque acaba de acceder a la jubilación parcial con 61 años, "me he acogido a la prejubilación porque voy a quedar en la misma situación económica que si estuviera trabajando, y aún mejor, además porque ya es hora de descansar y de darle paso a los jóvenes".
Sin contar aquellas lavadas de guaguas de la infancia José lleva casi cuarenta años trabajando en la empresa, primero relevó a su padre como vigilante y después se hizo chófer. Estrenó la primera línea que llegó hasta Las Coloradas, "recuerdo que allí había un par de "piratas" a los que les sentó muy mal que las guaguas llegaran al barrio, el primer día que estrenamos nuestra línea tuvimos que cambiar 6 gomas, habían puesto clavos en la carretera, luego la cosa se normalizó". José también fue uno de los chóferes que trabajó en las guaguas de Angelita -la primera mujer que fue conductora y propietaria- su opinión es favorable, "se trabajaba bien con ella". Luego llegaron tiempos más duros, José pertenecía al comité de empresa en los difíciles años setenta cuando el Ayuntamiento se incautó del servicio para más tarde municipalizarlo, "fuí uno de los 14 despedidos a causa de la pelea por lo de la aplicación del turno partido, luego nos readmitieron porque ganamos el juicio".
En 1979, con la municipalización y la reestructuración de la plantilla dejó de ser chófer para pasar al taller, el cambio fue voluntario, le gustaba lo de recomponer y pintar guaguas, y en el taller se quedó hasta ahora. José Igeño tiene cara de estar satisfecho, "sí, porque he trabajado todos estos años con gusto, el balance final es bueno". No se aburrirá. Aparte de una primera nieta que acaba de llegar a la familia, "tengo un barquito de cinco metros con el que me iré a pescar".