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Elías Castro, un gerente para construir una empresa

1979-1986 el nacimiento desde el caos

“Tenemos que desbordar por entusiasmo”. La frase debió acuñarla Elías Castro cuando se vió como gerente de una empresa recien municipalizada y que había que empezar a construir. Entusiasmo, poco más tenía aquel abogado de 24 años al que le dijeron “tú, no hay otro”. Y es que el primer gerente, Andrés Domínguez, apenas duró tres meses porque no soportó las tensiones de una empresa que nacía del caos. Elías no tenía experiencia pero sí el suficiente empuje para aceptar el reto, pensó que como todo estaba tan mal quizá aplicando el sentido común se podría sacar adelante. Con semejantes mimbres nadie podía pensar que lo iba a conseguir, pues lo consiguió. Aquel pibe que ni siquiera conocía la ciudad -había vivido siempre en La Palma y en Tenerife y la primera vez que cogió una línea de guaguas se perdió por algún barrio- entró en la empresa en 1979 y cuando la dejó por decisión propia en 1986 la había construido.

Hay que imaginarse el cuadro en aquella primera etapa. Se había municipalizado el servicio de guaguas pero nadie parecía creer en el proyecto. Desde el propio Ayuntamiento muchos altos funcionarios lo consideraban una locura, no se sabía cómo se iba a financiar, había luchas internas por el poder, se mantenían los viejos hábitos del conjunto de patronos, estaba todo por hacer.

Elías Castro cuenta los primeros problemas con la ternura que da la distancia. Fijar las pautas de poder y decisión fue uno de ellos, “los trabajadores se habían hecho la idea de que habría una co-gestión, que ellos iban a elegir a los mandos, pero el Ayuntamiento es quien iba a llevar la dirección de la empresa y se mantuvo firme. Como el modelo no fue el que ellos pensaban, los trabajadores peleaban y presionaban por todo”.

Las condiciones laborales de partida eran malas en cuanto a salarios y formación y, por si faltaba algo, había que dar ocupación a cerca de 300 cobradores porque no se podía mantener la estructura de dos trabajadores por guagua. Afortunadamente muchos tenían carnet y pudieron pasar a conductores, otros tuvieron que irse a los cursos de formación profesional, “hubo ejemplos estupendos como el de algún cobrador que casi no sabía leer ni escribir pero que se sacó el carnet, también había algunos que no querían ser nada porque nada les gustaba”. La mejor pregunta -pensando en el futuro y en el por si acaso-se la hizo uno de los viejitos que tenía que ir a la jubilación, “don Elías, ¿y si hay una guerra me garantizarán la pensión?”.

Otros problemas eran un fiel retrato de costumbres adquiridas, de maneras de vivir, de trabajar y de pensar. Tres buenos ejemplos. La sede de la empresa estaba en Aguadulce y hubo que preparar una cochera junto a la Casa del Marino, el famoso “corral”. Hasta entonces no había hecho falta por una sencilla razón, cada guagüero se llevaba la guagua a su casa. Chiquito problema para Elías cuando tuvo que convencer a la gente que el lugar de las guaguas era la cochera y no la puerta de casa. Para muchos el gerente estaba rompiendo “derechos adquiridos”.

Hacer el cuadrante de vacaciones constituyó todo un problema de conciencia. No es que hubiera peleas por los meses y las fechas favoritas, nada más lejos, la pregunta que le hacían al gerente era “¿qué quiere que haga yo en vacaciones, dónde quiere que vaya si no las he cogido en mi vida?”. Elías reconoce que frente a semejantes consideraciones se le acababan las respuestas.

Y un puntito de orgullo guagüero. Un inspector le dijo que, pasara lo que pasara, iba a arrancar un cartel que los sindicatos habían colocado en lugar bien visible. Lo de menos era que en el panfleto se pusiera a caldo a la dirección, “es que tiene un montón de faltas de ortografía, la gente va a pensar que somos todos ignorantes”.

De aquellos primeros años Elías Castro tiene tantas anécdotas que sólo con ellas podría escribir un libro. La mejor hace referencia a uno de los conductores llamados ocasionales. Se trataba de gente que hacía turnos sueltos a llamada de un patrono, no tenían Seguridad Social y sí otros oficios, y no tenían derecho a entrar en la empresa. Había buena gente, y de los otros. Uno de ellos persiguió a Elías pidiéndole con insistencia y gruesos lagrimones que le admitiera como conductor, “don Elías, yo le he dedicado a esto toda mi vida, ni me he casado ni he tenido hijos para poder trabajar, no tengo nada de nada”. Ante tal drama al gerente se le ablandó el corazón y acabó por admitirle. Tiempo después descubrió que el sujeto estaba felizmente casado, tenía 8 hijos, y lo que de verdad no tenía era carnet de conducir.

Estas anécdotas fueron la manera de ir soportando con entusiasmo la cruda realidad. La flota era un desastre, vehículos obsoletos y de poca capacidad que ya sólo se fabricaban para nuestra ciudad porque en la época de los patronos todas las guaguas tenían que ser iguales. Se introdujeron los primeros bonos pero eran tan artesanales -una especie de sello a pegar en una hoja- que dieron más problemas que soluciones. El Ayuntamiento no tenía dinero, la recaudación no daba para nada, hubo que esperar hasta 1983 y una Ley de Haciendas Locales que por fin reconocía el déficit de los ayuntamientos en materia de transporte. Mal que bien, se salió adelante.

Elías Castro recuerda aquella etapa como caótica pero ilusionante, “desde el punto de vista personal y profesional fue una experiencia impagable, aprendí entre otras cosas la importancia de la función social del transporte público”. Tras las tensiones de los primeros años los últimos le parecieron hasta aburridos.



Un jovencísimo Elías Castro en 1979 preparado para el reto. Reunión de despedida en 1986 con todos los compañeros y su sucesor Ricardo Ramírez.