"Los patronos éramos esclavos de las guaguas"
Cayetano García Calderín y Juan Antonio Pérez Velázquez unieron su condición de patronos a la de trabajadores, el primero se retiró tras haber permanecido 54 años en la empresa, el segundo ha cumplido ya 39 años y sigue en activo. Para Cayetano, que era propietario de un vehículo y además inspector, la guagua no era la guagua "era la cuchara para comer". Juan Antonio y su familia tenían dos vehículos y también trabajaba en la empresa "haciendo nóminas, lo mismo que sigo haciendo ahora".
La interesante conversación entre los dos antiguos patronos permitió saber que estaban de acuerdo en su valoración de aquellos años y de los cambios que se produjeron, pero con un importante matiz, Juan Antonio enjuicia la municipalización desde un punto de vista práctico "la situación era insostenible, fue la mejor solución para todos", mientras Cayetano tiene una visión más sentimental "a pesar de las dificultades que teníamos yo no estuve de acuerdo porque la guagua era una herencia de mi abuelo y de mi padre, y yo tenía la ilusión de dejársela a mis hijos".
El sistema por el que los patronos cobraban era bien complejo. Quincenalmente se procedía a multiplicar el número de viajes que hacía una guagua por un precio determinado, el precio se establecía sumando la recaudación de todas las guaguas y dividido por el número de viajes de toda la flota, luego se realizaban ajustes según el trayecto de la línea. De la cantidad resultante el patrono tenía que pagar el gasoil, los seguros, las reparaciones, a dos chóferes y a dos cobradores, además de una parte para el personal administrativo, el taller y los inspectores que era la forma de mantener la empresa. Con todo eso ¿qué quedaba?, "poco, muy poco. No era realmente un buen negocio. Fue negocio cuando la guagua era familiar, la llevaban el padre y el hijo, ellos la arreglaban, y no había empleados".
Ya en los años setenta, la última etapa de la patronal, la situación era difícil, "había 155 vehículos y algunos patronos ya no podían mantenerlos, tuvieron que vender porque si era sólo propietario no aguantaba, pudimos hacerlo los que además cobrábamos como empleados".
Los dos reconocen que más que patronos "eramos esclavos" pero cuando llegó el secuestro de la concesión, y la posterior municipalización, el sentimiento fue distinto. Para Juan Antonio "fue una liberación, menos trabajo y preocupaciones y más tranquilidad y seguridad". Cayetano no estuvo de acuerdo, de hecho no firmó porque no quería vender, "el secuestro fue una especie de deshaucio, no fueron maneras, me dolió que me quitaran mi guagua porque quería pasarla a mis hijos". La situación en aquellos años era complicada, "los gastos subían pero las tarifas no se ajustaban a la realidad, poco a poco nos fueron enterrando". Algunos de los patronos apostaban por la solución de crear una sociedad anónima laboral, "pero los trabajadores fueron los que más empujaron para que llegara la municipalización y, como parece que también le interesaba al Ayuntamiento, al final llegó".