A más infraestructuras, más tráfico
En la sede del CICCA y dentro de las I Jornadas sobre Ecología Urbana, presentadas por la organización ecologista Ben Magec, se ofreció una interesante conferencia titulada “La enfermedad del transporte”. El autor, Antonio Estevan Estevan -Ingeniero Industrial, Técnico Urbanista y experto en Transporte y Movilidad- ha sido muy amable al permitirnos acceder al texto completo de su conferencia para ofrecer una síntesis en nuestra revista. “La enfermedad del transporte” está publicado en un libro colectivo titulado “La incidencia de la especie humana sobre la faz de la Tierra (1995-2005), Naredo, J.M. y Gutiérrez, editores. Se trata de una coedición de la Fundación César Manrique y la Editorial de la Universidad de Granada, publicado en 2005. Lógicamente hemos tenido que hacer un resumen de la conferencia de Antonio Estevan Estevan, esperamos haber sabido recoger lo más interesante de lo mucho que ofrece su texto.
“En una sociedad altamente desarrollada, apoyada en una economía extremadamente dependiente del transporte, ubicada en un territorio limitado, y con una elevada propensión cultural a la movilidad en automóvil, no es sorprendente que la enfermedad del transporte se agrave hasta bordear de modo permanente el colapso generalizado. Ese es, en cuatro líneas, el diagnóstico del transporte europeo”. Así de contundente se manifiesta el conferenciante. Desde el principio se deja bien claro que el transporte es la gran enfermedad de los ecosistemas en nuestra época; el transporte, entendido como el movimiento horizontal masivo de personas y mercancías, es una anomalía que la Naturaleza no resiste. Esta primera reflexión sirve para romper la idea -publicitada por algunos- de que se puede conciliar el transporte masivo con la protección del entorno. Para el conferenciante no hay conciliación posible, o medio ambiente o transporte, y mucho más en los momentos actuales en los que la enfermedad ha llegado a un estado de auténtica gravedad, “los síndromes del transporte y del tráfico ya no tienen curación, porque se les ha dejado llegar a estadios tan avanzados que son ya irreversibles, y de lo que se trata es simplemente de sobrevivir entre millones de toneladas de vehículos y materiales en movimiento perpetuo”.
La enfermedad del transporte la causan básicamente los países desarrollados. Europa gusta presentarse como una sociedad “desarrollada pero razonable” aunque los hechos dicen lo contrario. La Unión Europea es la principal fabricante mundial de automóviles, la principal exportadora de productos, una de las primeras potencias importadoras, y sus tasas de motorización son muy similiares a las norteamericanas. A pesar de ello, Europa está muy lejos de reconocer el verdadero alcance del problema del transporte. Los intentos de “hacer algo” se remontan a 1990 cuando la Comisión Europea dice ya en un primer informe que Europa está llegando al “infarto circulatorio”. Le han seguido muchos otros estudios y documentos, libros Blancos y Verdes, intentos y apuntes de soluciones, pero la realidad es que desde los a–os noventa los problemas del transporte en Europa se han ido agravando. La última aportación de la UE, un nuevo Libro Blanco sobre el transporte fechado en 2001, presenta soluciones basadas en disociar el crecimiento económico del crecimiento del transporte. El ponente se pregunta cómo pretende la UE lograr tal desconexión, y considera inútil para el propósito la vía de que todos los modos de transporte paguen unas tarifas ecológicas, “los defensores de las tarifas alegan que con la subida del coste se moderará el transporte, y que el dinero recaudado permitirá desarrollar los transportes alternativos. No es cierto”.
¿Hasta dónde puede crecer el tráfico de automóviles? se pregunta el ponente, y la respuesta es descorazonadora. A lo largo del siglo XX se pensó que el crecimiento del automóvil privado -contemplado como una consecuencia positiva del desarrollo económico- se estabilizaría una vez alcanzado ese desarrollo, pero no ha sido así. El techo no ha llegado ni con una tasa de motorización previsible, ni por el número de conductores, y ni siquiera por las distancias medias recorridas. En este punto de la conferencia, el autor ofrece la conclusión de que es demasiado tarde para controlar el tráfico en los países motorizados. A pesar de que la congestión es permanente, las políticas públicas han fracasado y la población ha perdido la esperanza de solución, por lo que se tiene la certeza de que los problemas del transporte no se van a resolver ni a medio ni a largo plazo. Para los que piensan que la congestión se puede paliar con la construcción de infraestructuras hay una respuesta, “la creación de nuevas infraestructuras genera más tráfico y traslada los puntos críticos -con congestión incrementada-de unos a otros lugares de las ciudades”.
Una interesante reflexión del conferenciante toca el factor humano que rodea al automóvil. Muchos conductores siguen usando su coche privado a pesar de que hay muchas razones -tiempo, costes, seguridad, comodidad- que aconsejan usar otro medio de transporte porque “hay un conglomerado de sensaciones de autoestima y autoafirmación personal, así como de demostración de estatus y de integración social. De esta forma se explica el dato empírico de que la congestión nunca desaparece, ni siquiera cuando existen buenos servicios de transporte colectivo que permitirían ganar tiempo y dinero a muchos conductores que, pese a ello, aceptan de buena gana seguir cotidianamente en los atascos a bordo de sus adorados automóviles”.
Con unas perspectivas tan pesimistas sobre la gravedad de “la enfermedad del transporte” se hacía necesario ofrecer algún camino para la esperanza. Esa posible vía llega ante la idea de que “si a un aumento de la infraestructura le sigue un aumento del tráfico, a una reducción de la infraestructura debería seguirle una reducción del tráfico”. Esa esperanza tiene su apoyo en un estudio realizado en el Reino Unido sobre experiencias de reducción de capacidad viaria llevadas a cabo en una docena de países del mundo; los datos dicen que hubo reducciones de tráfico. Así que la conclusión final del conferenciantes es “si es cierto que la reducción del viario “evapora” el tráfico, por ahí podría abrirse una vía de tratamiento paliativo; no curará la enfermedad del transporte, pero al menos permitirá estabilizar el problema y evitar que empeore. La gestión activa de la congestión (hoy suprimo un carril por aquí, ma–ana quito un paso subterráneo por allá...) podría llegar a ser la vacuna contra la enfermedad del transporte”.